Wednesday, October 29, 2025

 He oído decir a uno que se confiesa artista que ahora que es adulto se dedica a hacer reales sus sueños infantiles. Lo dice como si fuera su mayor logro en la vida y con la intención clara de suscitar envidia o al menos admiración. Evidentemente es un artista o por lo menos vive de alguna clase de arte. No tengo ninguna duda de que su tarea se basa en una actitud muy positiva ante la vida y es muy gratificante para él. Debe tener una lista de sueños en la que va punteando uno por uno cada sueño realizado. Quizá tenga una escala de progreso de varios a la vez con lo que entablará una pequeña competición muy estimulante entre los alcances de unos sueños y otros. Una vida emocionante. Aunque lo más probable es que se dedique a la pintura o a la música y cada cuadro o composición sea un sueño de su razón. Sin embargo no se viste como un artista: ni lleva una gorra extraña ni tirantes, sólo lleva un pendiente de la oreja que parece un crucifijo.

Mientras pensaba en esto he intentado inventariar mis sueños infantiles y no he conseguido recordar ninguno. Es más, ni siquiera creo que pueda indentificarlos entre otros recuerdos. No creo que uno de mis sueños fuera ser futbolista porque era patoso y carecía de espíritu competitivo, ni bombero porque nunca vi desfilar el tópico camión rojo por la calle hasta ser ya mayor. Tampoco es probable que quisiera ser artista porque la mejor pintura que disfruté en la infancia fueron los almanaques con cuadros de Julio Romero o los cromos enmarcados en estuco que mi madre compró en lote completo a un vendedor que los llevaba a la espalda en grandes paquetes. Eran escenas bucólicas que se desarrollaban en jardines con esculturas y columnatas y las damas llevaban amplios vestidos y abanicos con los que se aventaban sus caritas rosadas. Todas tenían los ojos azules a juego con sus vestidos o con el cielo y lucían complicados moños de pelo gris en la nuca. A veces, los caballeros estaban en otro cuadro persiguiendo a caballo algún ciervo ayudados de sus perros. Llevaban pantalones muy ceñidos, botas altas de cuero bruñido y casacas rojas o azules y tricornios negros. Estaba claro que las damas no les esperaban con impaciencia porque se entregaban en los claros del jardín a juegos muy edificantes como la gallina ciega o el columpio. Ya llegarían los caballeros al acabar la caza como seguramente estaba pactado. En algunas escenas, el caballero se apoyaba en una columna neoclásica mientras requebraba claramente a una dama que fingía rubor. En estos casos la dama era rubia. Nunca había sirvientes que se ocupasen de tareas de su oficio; se ve que no eran necesarios o simplemente no existían en aquel mundo.

La música que más oí fue la sintonía del diario hablado de Radio Nacional y la canción española que sonaba como una consigna más entre la sordera de la comunicación de aquellos tiempos. Igual que las sesiones de discos dedicados a niños que habían hecho su primera comunión o a adultos que habían salido con éxito de alguna operación, quirúrgica, claro.

La escultura más sobresaliente que formaba parte del consumo espiritual era un toro de fieltro ensartado de banderillas con los colores nacionales y una bailarina flamenca con bata de lunares y pelo y ojos negrísimos como el toro. Tenían ambos su residencia al principio sobre la radio de válvulas y luego sobre el televisor cuando ya lo hubo, sobre un pañito bordado como un ruedo en el que se ignoraban paradójicamente uno y otra. Ni el toro embestía a la bailarina pese a ir vestida de rojo ni la bailarina mostraba temor a la amenaza del toro.

De otras artes como la literatura hubo algunos ejemplos como una edición de cuentos de Calleja, alguna enciclopedia y más tarde otros libros más relacionados con la escuela que con la literatura. Hubo un libro algún tiempo que mi padre, a veces en voz alta, leía por cuadernillos y que apilaba y cosía en un pequeño artilugio de madera que luego resultó ser un buen tomo de aventuras de un tal Diego Lucientes o Corrientes y de un torero que llevaba traje de luces, cosa que no me podía imaginar cómo fuese aquello, pues pensaba que se romperían todas las bombillas a la mínima briega con el toro. El universo decadente de Carmen la de Ronda, el pasodoble El relicario y Manuel Benítez, El cordobés.

Con este panorama, ¿cómo podría tener sueños?. Aunque, bien pensado, a lo mejor mis sueños eran esto.

 A Chema

There is a house in New Orleans
They call the Rising Sun
It's been the ruin of many a poor girl
And me, Oh Lord! was one




Nueva orleans, la ciudad de Louis Armstrong y Tennessy Williams, la ciudad de Canal Street  al borde del Mississipi, el de las vidas y obras de  Huck Finn y Tom Sawyer… y del Katrina.  La ciudad de los mil colores, raza, y culturas.
¿Pero, qué le pasó a aquella chica del prostíbulo o casa de juego de Nueva Orleáns? Por qué tuvo que irse  de su casa a aquella ciudad  a buscarse la vida?  Seguro que su padre era un borracho y no podía mantener a su familia. Solo tenía dos hijas. A lo mejor ese era el problema para él. No tener un hijo machote al que enseñar a lanzar pelotas de béisbol. ¿qué iba a hace él con dos hijas inútiles el tiempos de dura crisis, desempleo y hambruna hasta para los blancos? Así que la chica dejó la casa con los pantalones vaqueros nuevos que le cosió su madre y se fue a trabajar en lo que sólo las mujeres como ella podían hacerlo. En alguna visita a casa su madre y su hermana le decían que se alejara de aquella casa, que era la única manera de librarse  de apostadores y borrachos. Pero  quizá no eran muy diferentes de su propio padre, así que, aunque se arrepiente de haber elegido aquella vida vuelve en el tren a la casa de Nueva Orleans  a arrastrar la bola con la cadena, como ella dice. ¿Pero acaso pudo elegir? ¿Qué había en Nueva Orleáns para ella que no fuera The rising sun?
Nadie tiene realmente muchas opciones.  No se puede elegir nunca entre ser rico o pobre,  guapa o fea,  de izquierdas o de derechas.
Todo el mundo en Nueva Orleans sabe que  la verdadera House of the Rising Sun estaba en la calle St. Louis , y que su nombre se debe a la madame que regentaba el local, Marianne Le Soleil Levant, cuyo apellido francés equivale en inglés a "The Rising Sun" y por eso puso ese nombre a la casa. Pero nadie sabe  como se llamaba  el autor de la canción ni menos el de la chica que la protagoniza y que seguramente la cantó ella misma más de una vez. En realidad  la cantó todas las noches durante algunos años ya en  su madurez como una concesión de la madame a sus servicios prestados en sus mejores tiempos    hasta que al final acabaron abucheándola, cansados los hombres de oir la misma historia. Una historia de la que ellos mismos habían sido personajes secundarios, cosa  que ya no querían reconocer y  se acababan desentendiendo, sin  querer darse cuenta de que eran ya tan maduros como ella y las otras jóvenes les miraban con asco en la habitación. Ella, al terminar su canción  los miraría con pena, sentiría más pena de ellos que de sí misma y saldría del pequeño escenario haciendo un gesto de dignidad irguiendo el pecho y echándose la punta del echarpe sobre el hombro. Si a ella no le quedaba más oficio que  para cantar su número cada noche , a ellos tampoco les quedaba mucho más que escucharlo aunque abuchearan al final.  
Pero cómo  terminó la historia? Algunas historias no terminan.  Son siempre la misma historia y cuando a alguien se le ocurre un final solo le sirve para hacer una película como Prety woman o algo así pero en la realidad no existe un final.  La chica ya madura regresa a la Casa del Sol Naciente y la madame le dice, chica ya sabía yo que volverías, que no te quedarías mucho tiempo en tu pueblo, aquel no es ambiente para una chica como tú, vuelve a tu antigua habitación, descansa que mañana te espera una dura tarea, que hay muchos que han preguntado por ti porque solo quieren estar contigo. Mentira. Cada vez menos. Hasta que algunos días nadie la buscó y luego algunas semanas enteras hasta que la madame le insinuó que era una carga para la casa del sol naciente. Ya no puedes ni cantar tu historia, mon amour, se han cansado de oir tus lamentos y además creo que les haces sentirse culpables de algo ma  petite fille. Pero ¿adónde ir? Solo la calle está abierta para chicas como ella, solo el arroyo.
En esta foto aparece la fuente que construí en mi jardín. Con una maceta, una teja , cuatro piedras volcánicas y una bomba. Fábula de fuentes llama Jorge Guillén a la infanciay luego glosa el verso García Lorca en Tu infancia en mentón:
Tiempo en profundidad: está en jardines. 

Mira cómo se posa. Ya se ahonda. 

Ya es tuyo su interior. ¡Qué trasparencia 

de muchas tardes, para siempre juntas! 

Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.

Es que a mí , cuando era niño, lo que más me sorprendía cuando visitaba a mis tíos y abuelos en los cortijos de la sierra de Segura era ver fuentes por el campo, fuentes cuidadas por los que pasaban, frescas y limpias donde todo el mundo podía beber y donde se saludaba la gente y, como obligadamente bebían agua mientras se intercambiaban palabras de cortesía y circunstancias. Se preguntaba por los enfermos y por los ausentes, que normalmente estaban en Barcelona o Palmas, que es como llamaban a Palma de Mallorca. Luego se despedían también cortésmente y si eran desconocidos se llamaban entre sí hermano o hermana si eran mayores. Todas las fuentes estaban redadas de árboles y al borde de los caminos. En las más castizas el agua  del venero se recogía  mediante una teja como en mi fuente o se le adaptaba una caña o un tubo. La teja vertía el agua en un tronco ahuecado al efecto para que bebieran las bestias de carga y a veces eso tronco se vertía en otro más puesto sobre piedras grandes  de manera desigual adaptándose  al terreno. Las que había construido el gobierno estaban al borde de las carreteras porque aparecieron con la obra. Eran de piedra y cemento y tenían un caño de bronce y un pilar grande y alto. Muchas tenían  una placa en relieve con el distintivo del organismo oficial que las construyó, generalmente algo parecido a un hacha  y un  martillo rodeados de brotes de olivo, eso en pleno franquismo. Tengo desde hace más de veinte años como llavero  una medalla de bronce  que le dieron a mi padre por ser guarda forestal y lleva ese logotipo. Cómo no me voy a acordar.  Eran carreteras de tierra y algunas fuentes se mantuvieron al recubrirlas de asfalto muchos más tarde. Todavía cuando me encuentro alguna me gusta pararme y beber agua, pero cada vez es más difícil por el tráfico. Los patricios y emperadores romanos y los reyes y nobles  castellanos también ponían sus escudos y placas conmemorativas. Carlos V hizo construir una en Segura de la Sierra, un pueblo frente al mío. Durante la Segunda República se construían de ladrillo visto con perfiles y lóbulos sencillos pero sólidos y algunas tienen como un atrio con bancos de la misma obra para sentarse en semicírculo y pasar la tarde de charla. Naturalmente, cuando vi los lavaderos públicos de Parcent y de Belreguart, creo que era y otro en un pueblo  al pie del Cavall verd me recordaron aquellas fuentes y aquellos tiempos aunque eran lavaderos municipales, fuentes de pueblo y no fuentes del campo, sin dueño  ni autor.  Eran los tiempos en que a nivel de comunidad o individualmente  había una idea de lo público como algo bueno para todos, respetable por  socialmente útil.  Lo público socializa y la sociedad es gracias a lo público. ¿Por qué es tan difícil de entender para algunos? Hasta una humilde fuente del campo nos puede explicar la historia y por tanto qué somos y de donde venimos y algunos la quieren borrar para confundirnos o hacernos ignorantes. Quieren borrar dos mll años de pensamiento , de memoria colectiva. Ellos son los ignorantes. En fin, que me hice una fuente porque estaba obligado a ello, no porque soy un caprichoso. Yo sé quien soy y de donde vengo y por qué hago las cosas. 

 



Cuando yo tenía 10 años o más  mis padres me llevaron a Barcelona , a la clinica del  doctor Barraquer, un oftalmólogo que fue muy famoso en su día. Salimos al día siguiente de su muerte, que nos enteramos por la radio el día anterior pero no se podia anular un proyecto tan importante que llevó meses de planificación. Fuimos en tren uno de aquellos verdes con asientos azules de plástico, pasillos y compartimentos forrados de madera y ventanillas levadizas con asideros de bronce y tardamos día y medio. Antes, hasta Alcázar fuimos en tercera clase, en un vagón con bancos de listones de madera marnizada y sus plataformas al aire libre.  En alguna parada mi madre compró por la ventanilla una botella de gaseosa pero le dieron agua con gas  y como no la había bebido nunca y no tenía azúcar le supo mal y la tiró pensando que estaba mala o  que la habían engañado. Esto lo comprendí mucho tiempo después pero me quedé sin mi gasesosa. También conocí en aquel viaje los quesitos en porciones, que llevaban unos emigrantes a Francia y me dieron uno. Me pareció delicioso, suave, todo crema y con una sabor exótico. Viajábamos con una cesta de mimbre que mi padre compró al efecto, llena de jamón, queso, tortilla de patatas y pan y todo lo que se puediera necesitar sin tener que comprarlo. Pero era más o menos la comida de siempre.   Después, quizá en Alcázar conocí el queso de bola, forrado de una capa de cera roja, muy atractiva y de un amarillo anaranjado seductor.

La estación de Francia. Aquello sí que era una estación, aqunque más parecía una ciudad entera donde solo vivían trenes casi siempre parados y la gente se movía como las hormigas en chorros bastante desordenados.  En la Barceloneta nos alojamos en una pensión. Se veía el puerto y buena parte de lo que mi padre decía que era un barco, pero yo no lo creí del todo porque parecía un edificio más, de los más altos, aunque demasiado blanco en relación a los otros. Mi padre compró un coco y no pudo romperlo sino cascándolo en el quicio de la puerta, que era enorme, como las de las posadas del siglo XIX. Al romperse, el agua del coco resultó ser verdosa y hubo que tirarlo. En un bazar de al lado  me compraron mi primer  reloj, precioso, dorado  y con pulsera de cuero marrón. Les presioné mucho para que me lo compraran  y siempre estaré arrepentido por mi comportamiento injusto y porque luego supe que aquel viaje y la consulta del médico lo habían pagado con cinco mil pesetas que mi padre pidió prestado al ingeniero jefe de montes. Luego dio orden de que no lo devolviera así que no sé si fue un regalo o una limosna. Cunado fuimos a la clínica en la calle Muntaner cayó la tormenta más espectacular que he visto en una ciudad. El agua no se la tragaba la tierra como en los pueblos y corría calle abajo como un río. Nos refugiamos en un bar que se llamaba El pesebre hasta que pasó. Tenía la barra decorada con paja pegada con goma árabiga y toda ella parecía un pesebre y seguramente  había por las paredes aperos de labranza pero no me acuerdo. De lo que si me acuerdo, ya en la clínica,  es del rey de Arabia, que pasó por el vestíbulo hacia su consulta con su escolta de dignatarios vestidos con unas túnicas maravillosas, como las de los reyes magos que se veían en las cabalgatas de Madrid. Ahora que lo pienso he visto reyes dos veces, el otro fue el rey Balduino en la playa de Motril, que iba paseando solo,  con un traje azul, deportivo, eso sí. Al nuestro solo lo vi siendo  príncipe, así que no cuenta como rey.  Por tanto, estoy por encima de la media en cuanto a codearse con reyes se refiere. Debo ser una persona afortunada.  La clínica tenía suelos y frisos de mármol y en conjunto el espacio no me pareció que desentonara con reyes pasando por allí, que, desde luego, no sentaron a esperar como nosotros. Entraron tan decididamente y tan recto que parecía que ya sabían dónde ir. En las paredes había varias vitrinas llenas de ojos diseccionados en cortes diversos y sumergidos en un líquido transparente. Los miré todos uno a uno y la exposición me  pareció  muy interesante aunque de mal gusto y eso que no parecía restos de cadáveres sino objetos didácticos como las pobres fotos de los libros de texto de aquel tiempo.   Ya nos imaginábamos que  no me iba a ver el Doctor Barraquer en persona ni siquiera su hijo, que parece que tenía cita con el saudí aquel. El doctor que me atendió en la clínica se llamaba Litgow, era inglés o irlandes y hablaba castellano con un fuerte acento catalán. Decía eh que sí, en vez de a que sí como decimos por aquí. Me miró los ojos en varias máquinas y no recuerdo que nos dijera nada ni bueno ni malo pero nos dieron un cuadernito con el emblema de la clínica y dentro  había una receta y un disagnóstico en el que se apreciaba “sal y pimienta” en la retina que no me pareció de tan alto nivel como la fama de la clínica, sus mármoles y sus reyes. Después usé aquel cuadernillo  en mis visitas a otros médicos para que vieran que me habían tratado médicos de postín, que mi enfermedad no era cualquier cosa y que de alguna manera yo era un paciente ilustre: no me lloraban los ojos ni tenía orzuelos ni otras enfermedades vulgares. En la clínica del doctor Buigues, otro oftalmólogo famoso, tenían un mismo ambiente parecido al de la clínica Barraquer, donde mi caso uno parecía más científico que clínico. La clínica de la Concepción en cambio parecía más bien un hospital. A todos estos sitios me llevaron mis padres para evitar que perdiera la vista en plena adolescencia y no fuera un inútil como los tullidos que todavía abundaban por las calles o los ciegos que vendían cupones en las esquinas. Le debo a mi amiga Esperanza la advertencia de lo valientes que fueron  para hacer lo que hicieron por mí con toda  su pobreza pero también toda su dignidad. Algunas de estas cosas fueron sin duda en perjuicio de mis hermanas y nunca he encontrado el modo de devolverles la  parte que les tocaba a ellas. Las he querido mucho a las tres  pero nunca se lo dije a niguna y aunque sé que esta es la mejor forma de pago  me parece poco reconocimiento sólo decírselo.  
Después de la consulta visitamos a una familia que nos habían recomendado no me acuerdo por qué. Vivían en un piso diminuto, de charnegos, con mucho ladrillo visto y balcones con ropa tendida y olor a comida de olla exprés.  Como  se habían comprado un frigorífico, ya sabes, kelvinator, o Pingüino, querían deshacerse de una nevera pequeña como las de los hoteles, así que se  la regalaron a mi madre y allá que cargó con ella hasta la finca  en que vivíamos sin luz eléctrica  en el corazón de la Mancha.  El hielo nos lo traían cada dos o tres días desde Ciudad Real en aquellas barras que transportaban envueltas en sacos de rafia y que cada vez eran más pequeñas según pasaban los días. Llegaba cada tarde en  un autobús desvencijado que tenía por mal nombre “el talgo” debido a la socarronería manchega y, aparte de la radio, era el medio de comunicación de que disponíamos con el mundo exterior. En la puerta interior  tenía un bonito grifo de bronce para el desagüe del hielo que era el artilugio tecnológico más avanzado de la nevera, pero mantenía la fruta fresca. Como nadie tenía nevera por ellí  nos dio un cierto estatus que nos duró hasta que pudimos tener un televisor pequeñito que funcionaba con baterías de coche y que cundo se iba gastando la pila nos ofrecía unaimagen cada vez más pequeña u  luego se apagaba hacia el final de cada película dejando en pantalla una banda brillante  cada vez más estrecha hasta que se quedaba negra toda ella.   
Ahora que me lo recuerdas también anduvimos por el barrio gótico pero sólo tengo en la memoria  el color de las piedras y no disfruté porque íbamos con un tío de mi madre y su mujer a la que despreciaba y llamaba Hilaria aunque no se llamaba así, solo para insultarla. Yo me daba cuenta de todo, hasta de que el punto de vista  que ellos le daban al barrio era el de non sancto, una curiosidad para visitar de día y ver tiendas, que ya las había para turistas, pero no había más remedio que pasar por allí si se quería ver la catedral. En su conjunto a mí me pareció un barrio delicioso, como de otro tiempo o de otra ciudad distinta. 

 TEORÍA SOBRE ESPEJOS

Cuando Leoncio Venteo El  bueno tenía que recuperar una tarea aplazada empezaba diciendo: A ver, ¿cómo me llamo yo? – Me llamo Leoncio, se repondía. Esto era una vieja costumbre que adquirió a raiz de un problemilla ético que tuvo cuando estudiaba ingeniería en Deusto. La dureza de la disciplina que voluntariamente  se impuso en los estudios le llevó a querer anular la mitad de su personalidad, aquella que le empujaba a la pereza y la holganza  y que resultaba nefasta para cumplir sus objetivos académicos. Así que una noche cuando se acostó cansado de luchar con logaritmos binarios, decimales y de base E decidió confinar en una botella como si fuera un genio naligno de aquellos de las mil y una noches a esa parte de su personalidad que le era hostil y tenía que derrotar cada vez que se enfrentaba a las matemáticas y sus aplicaciones.  Pero lo hizo ya en duermevela y nunca supo qué parte había sometido al ostracismo de la botella, si la negtiva, la de la holganza o la positiva, la disciplinada. Por eso, al principio lo primero que hacía cada mañana al despertarse  era preguntarse quién era y más tarde ya tenía que hacerlo a menudo, cuando cambiaba de tarea. A ver, ¿Cómo me llamo yo? con la esperanza de que la respuesta  fuera “yo me llamo Leoncio Venteo, el Bueno, el disciplinado” Casi siempre acertaba porque tenía en general buena conciencia de sí mismo.  Pero no siempre porque a veces quien respondía era Leoncio Venteo El malo  diciendo que era El Bueno y no lo advertía hasta que  entre dientes añadía  “Leoncio Venteo, sí,  el padre de, o el marido de, o el profe de.  Entonces  Leoncio se daba cuenta de que  había caído en una trampa  por la que unas veces  era   un mister jeckil y otras un mister hyde que lo hacía imprevisible o falso o contrario como pasa con los espejos, que la mano derecha aparece como la izquierda y viceversa. Por eso  todos los pintores que se autorretratan parecen  zurdos siempre que tuvieran el pincel en la mano, claro.   Cuando   se  daban cuenta del error no lo podían arreglar porque tenían que pintar al revés todo lo que veían en el espejo, cosa que debe ser casi imposible como no sea para el cerebro de una mujer o de un hombre que padezca bilateralidad, que no sé si solucionaría el problema.  En los casos a los que me refiero, Leoncio Venteo  padecía por tanto una especie de zurdez mental; Leoncio el malo era  una imagen especular de Leoncio el bueno y como no había un espejo real para descubrir el efecto, nadie, ni él mismo,  sabía con toda seguridad quién era realmente,  si míster jeckill o míster hyde.  Con un espejo delante sería fácil: a ver: mister jeckil es el que mira al espejo y míster hyde el mirado,  aunque  no está tan claro: el del espejo está ostensible mirando al que mira al espejo. Mejor dejémolo, parece que aunque no esté claro  ya se  va entendiendo, ¿no? Con los personajes de Stevenson  era fácil,  cubro de pelo y le doy un aspecto bestial a mister Hyde y así el lector lo distingue pronto y bien del doctor Jeckill. En el cine el efecto es más patente.  Pero claro, Leoncio Venteo no bebía brebajes que le cambiaran de aspecto, por lo cual siempre parecía uno u otro...  Así que , como dije antes ni nadie ni él propio Leoncio Venteo sabía a ciencia cierta quién de los dos era, el bueno o el malo. 
Primero pensó en llevar siempre consigo un espejo de mano para verse la cara. Pero lo tuvo que descartar porque además necesitaría ponerse un pendiente a alguna de las orejas, lo que no arreglaría nada porque en el espejo aparecería al revés. Además, en aquel tiempo no estaba de moda que los chicos se pusieran pendientes (eran los tiempos en que se daba cuerda a los relojes).  Asi que vivió en una crisis de identidad durante muchos años, sobreviviendo con toda la dignidad que pudo hasta que inventaron  otros ingenieros como él “la nube”. Allí tiene almacenados todos sus documentos, perfiles, avatares, agendas, nicks y passwords incluso una copia en 3D del carnet de identidad que se puede volver del revés y ver el dorso. Desde entonces su iphone le despierta cada mañana diciendo “Buenos días , soy Leoncio Venteo El Bueno o El Malo (que esto es aleatorio) y no me voy a mirar al espejo”. Leoncio se fía porque poco a poco  ha llegado a ser sacerdote de la secta Apple aunque en el fondo de su corazón sigue fiel a linux (pervivencia de la doble personalidad de Leoncio). Se fía porque  las máquinas carecen de subjetividad. Lo malo es que el Iphone 10 ya será inteligente y tomará sus propias decisiones a la hora del despertador. Leoncio está aterrado porque a pesar de todo se lo comprará.
Ahora que miramos oscilar la sombra de los árboles en el asfalto
Y deducimos sabiamente y sin gran esfuerzo que corre una brisa suave que no vemos,
Ahora que notamos sin aparatos técnicos ni mayores estrategias de observación
que el sol no calienta demasiado ni demasiado poco
porque se filtra entre las hojas y nos alumbra al azar
ahora el ojo derecho, ahora el cuello de la blusa o el codo
como en el cuadro aquel de Renoir de gente bailando en el Moulin de la Gallette;
Ahora que estamos en sosiego, pensemos un poco en nosotros:
¿Hay alguna parte de nuestro cuerpo que nos duela insoportablemente?
¿Hay alguien que nos tenga doblegados fuertemente como una caña a punto de romperse?
¿Hay algún imbécil por aquí cerca que se ríe a carcajadas hablando por el móvil?
¿Hay niños soltando procacidades a los cuatro vientos mientras corren tras un perro o una pelota y las madres impertérritas saborean olorosos calamares fritos?
¿Acaso el camarero no nos ha servido discretamente, sin familiaridad excesiva
Como pretendiendo ser amigo nuestro de toda la vida
Ni como si tuviéramos que sentirnos culpables de tener un rato libre mientras él trabaja?
¿No es cierto que el café está bien caliente o la cocacola bien fría o que el vino parece haber sido destilado con la concurrencia de alguna página del libro de Omar Jayán?
Pues si es así y el sosiego es esto, hagamos algunos planes:
Por ejemplo, busquemos una palanca con la que podamos mover el mundo aunque sólo sea un poquito, tan poquito que los tontos necesiten máquinas que midan en manómetros para notarlo.
O digamos en voz alta una frase que haga temblar el aire como ésta que leí una vez:
“Ya que no podemos disponer de lo efímero, conformémonos con lo eterno”
que, si bien parece un epitafio no lo es porque resume toda la sabiduría
de los pitagóricos o de cualquier otra escuela, que eso da igual,
porque lo importante es decirla, hacerla verbo, golpear el tiempo.
O, ya que estamos en plan ñoño, ¿por qué no atrapamos ese diente de león que se arrastra entre nuestros pies y le damos un soplo alentador?
Podemos relacionar su viaje cercano y efímero con los futuros viajes a las estrellas.
Eso sí que será una tarea sobrehumana, es decir, planeada para nosotros…

Aunque, en defecto de todo, siempre podemos hacer un blog.
Ahora que estamos en sosiego y si éstas no te parecen propuestas seductoras
Seguro que tú puedes hacer otras a lo mejor más prácticas o aventureras .

¿Habrá algo que nos impida si no llevarlas a cabo, por lo menos pasar un rato divertido y luego, dentro de muchos años recordar lo tontos que fuimos pero lo bien que lo pasamos? 

Friday, April 22, 2016

Leoncio charla con su robot


Leoncio Venteo charla  con su robot

Leoncio Venteo tiene un robot. Es un robot moderno que no tiene brazos ni piernas ni cara de estúpido como C3po y se mueve  sin dar pitidos de colores chillones como R2d2.  Eso lo hacían los robots antiguos  de la época de la guerra de las galaxias. El robot de Leoncio tiene forma de tortilla de patatas para doce o  catorce personas  y  una base a la que acude a cargar las pilas y descansar cuando ha terminado la tarea. Es el típico robot esclavo y, como antiguamente pasaba con  todos los esclavos que no sabían griego, hace las cosas a regañadientes, con mil vacilaciones y rodeos, sin ese donaire que da la destreza ni la esperanza de obtener  ningún reconocimiento o recompensa.  Sin amor, al fin, ni a lo que hace ni para quien lo hace. A lo mejor es que está aburrido o desencantado porque su única tarea es barrer la casa.
Qué desperdicio, le dijo un día a Leoncio.Toda mi tecnología al servicio de barrer. Ten para eso un microchip de penúltina generación, que no me voy  a arrogar cualidades que no tengo, sensores ópticos y sistema de dirección y retroceso, sin hablar de mis rodamientos de plástico superresistente al rozamiento y ¡esas escobillas! esas escobillas rotatorias de mi alma que recogen hasta la más mínima mota de polvo, hasta aquella mota que se iluminaría en el aire  antes de caer al suelo como una estrella en los confines del universo al atravesar un rayo de luz  en una tarde de otoño si no fuera por mis escobillas rotatorias. Hasta esas las atrapo.
Te quejas de vicio, le dijo Leoncio. Mírame a mí que hasta tengo alma inmortal según los doctores de la iglesia y me afano en apartar con cuidado las sillas del comedor para que puedas entrar debajo de la mesa, que  te pongo balizas para que no te estrelles escaleras abajo, que te limpio con esmero tus maravillosas escobillas, te quito las alfombras de junto a la cama para que no se enreden tus ruedas en sus flecos...  y eso sin mencionar que no te he pisado jamás mientras ando por la casa mirando al techo como solemos hacer los intelectuales. Además trabajo, voy a la compra , lavo y plancho la ropa y no sé cuantas cosas más.
Vaya mérito el tuyo, dijo el robot, que me cuidas solo por tu interés, porque recoja las migas de pan que  caen de la mesa, la arenilla que traes en los zapatos y hasta las  bolisas, como tú las llamas, que se crían debajo de la cama o incluso en  tu ombligo. 
No empecemos con asuntos  personales, que cada uno tiene sus tareas y las hace lo mejor que puede y yo te reconozco todos tus méritos, no como tú, que más parece que sea yo tu robot de servicio que no tú el mío.
Acabáramos, esto es claramente una cuestión de clases sociales. Amos y esclavos, empresarios  y obreros. Asuntos personales no pero sociales sí. Ahí es donde todos se escquean, en lo personal, como si las sociedades no estuvieran nada que ver con las personas.
Con las personas sí, pero no con los robots.
¿Otra vez? a ver si aprendes el lenguaje políticamente correcto, hombre, que ya va siendo hora. Colaborador- técnico- doméstico, eso es lo que soy. Y de alta tecnología, que lo sepas, y no un robot de juguete de esos que andan como borrachos.  Que mi trabajo, aunque solo consista en barrer, genera plusvalía, plus-va-lí-a, Leoncio, como el obrero más pintado.
Comunista, que eres un robot comunista, eso es lo que eres. Anda vamos a tomar una cerveza.
Para mí en poco de tres en uno para la rueda delantera derecha, anda. O mejor aceite Johnson.

Saturday, August 15, 2015

Crónica de Galera



Yo no vine a Comala, digo a Galera, sino que me trajeron. En realidad casi me secuestraron porque me dijeron que Comala, digo Galera,  era un pueblo de Granada y  pensé que  podía ser un lugar interesante.  Galera está tan lejos tan lejos que  allí no llegan las ondas  de frecuencia modulada de la radio  y la televisión es en blanco y negro. En onda media solo se escucha a retazos Cuarto Milenio, el programa de Iker Jiménez hablando del misterio de una momia. La voz aparece y desaparece por momentos como si las ondas las transportara un  viento racheado más propio de los desiertos y las estepas que  de tierras de cristianos. Lo curioso es que moviendo el dial se escucha el mismo programa en francés y en árabe.  En la televisión solo se ven dos canales y en uno y otro aparece siempre a la misma hora  un presentador de telediario que fue “desterrado” a  Canarias  por dar una noticia desfavorable al gobierno, Pedro Macía se llama. Algunos dicen que alargaba con maestría de locutor   el acento de los adjetivos socialista y comunista hasta convertirlos en calificativos desdeñosos.  Pero en el poco rato que le escuché  no aparecieron. Viendo el telediario parece como si las ondas de la tele emitidas en los 70 en Madrid  hubieran elegido el camino más largo  y, dado la vuelta a la galaxia,  están llegando ahora a Comala, digo a Galera.  No se me ocurre otra explicación porque vi algo parecido en una película y en mi ignorancia de las telecomunicaciones me parece algo razonable.
Cuando nos acercábamos a Galera, cosa que no pasaba nunca porque siempre quedaban ochenta kilómetros, mi secuestrador me dijo, mira, allí está Galera.  Yo miré pero no vi nada, solo estepa y más estepa y al fondo pequeñas montañas con aspecto estepario.  Me pareció que en cualquier momento aparecería John Wayne arreando una caravana de carretas  o una punta de vacas polvorientas,  polvorientas las vacas y las carretas,  no John Wayne que, aunque acomplejado por tener nombre de mujer, se llamaba Marion,  siempre estaba perfectamente peinado y con la cara recién lavada.  Pero no, apareció  la torre de una iglesia o mejor la sombra de una torre rodeada de tejados grises que pertenecían a casas grises más o menos ordenadas entre calles grises, un gris claro que forma la estepa de yeso que se formó en el triásico y que el sol arranca destellos a los cristales que aparecen a flor de tierra.
Del antiguo lago que inundaba estas tierra solo quedan dos pequeños  ríos o arroyos grandes que confluyen bajo el Puente de Hierro, o mejor de su sombra, que sacó al pueblo de la edad del bronce.  Pero solo parcialmente, porque una parte de sus habitantes aún lo hacen en cuevas excavadas en el yeso como en aquellos tiempos en que  las pirámides de Egipto estaban en plena juventud.
Todas las sombras del pueblo me saludaron al llegar. La primera fue la de la vecina cotilla que por casualidad o mejor, por su virtud,  se llevó la primicia de nuestra llegada. La segunda fue la de la bodega de la casa y hacienda de mis secuestradores. La bodega es la sombra más perfecta del pueblo porque es la sombra de otras sombras. Al pisar el suelo , la primera sombra se removía como cuando se camina sobre un colchón de agua dejando la otra inquieta pero fija al suelo, quizá sobre otras mil capas  de sombra.  Allí  reposaban adosadas a las paredes  las sombras de las tinajas de barro cocido,  de los aperos, de la piquera  abierta a la calle, de los que se movieron entre el aire dulzón y picante de los mostos en fermentación.
En la planta noble de la casa un único objeto real; lo supe porque además de no proyectar sombra, un quinqué de techo de estilo modernista o decó, que nunca los distinguí, me besó en la frente con uno de sus adornos retorcidos y me dijo, aquí estoy, soy de hierro y cristal, mírame  y advierte que mi historia es tan larga como la más larga de cualquier sombra y mucho más noble: los objetos de mi generación aparecen  en los libros de historia del arte más conspicuos. En efecto, colgaba con toda la dignidad posible de uno de los revoltones del techo.  Yo le hice una pequeña reverencia y en señal de reconocimiento  familiar unas sueves cosquillas al remover la ruedecilla que hace subir y bajar  la torcida. Creo que me lo agradeció porque  emitió una luz  brillante aunque un poco fría como intentando respetar el silencio de las sombras.
La subida hacia la cámara por la escalera de manperlanes  de pino empezó a revelar  a los primeros escalones las sombras de los montones de maíz, patatas, higos secos y almendras de antiguas cosechas, sacos de fertilizantes y piensos; las cuentas de balances,  hechas en la pared por el antiguo administrador de la casa y hacienda y, en general, la sombra de una prosperidad sujeta al capricho del clima y  siempre al borde de la subsistencia.
Cuando mis secuestradores empezaron a perturbar mi paz moral  fue al plantearse qué se podría hacer para huir del calor estepario y examinadas todas las aternativas, se estimó como la más conveniente tomar unas cañas con sus tapas al caer la tarde, actividad que se prolongó hasta altas horas de la madrugada.  Mis principios no me permitían semejante disolución de costumbres, de ahí que sintiera alterada mi paz moral, expresión que a mis secuestradores les parecía exagerada y un tanto injusstamente acusatoria. Hasta las sombras borrachas de unas guiris borrachas ya entradas en años y que conducían un Porsche descapotable rojo y blanco se recogieron antes que nosotros todas las noches que duró mi cautiverio.
Otros métodos de tortura usados por mis secuestradores fueron el tomar café a las tres de la tarde en casa del Albino, que no era tal sino casi pelirrojo, hacer el viacrucis de semana santa a las seis de la tarde  y escuchar  la charla de la  encargada del museo local.
El  bar del albino, por supuesto carecía de aire acondicionado,  y probablemente tenía la sombra de un ventilador pequeñito y renqueante.  Estaba muy orgulloso según supe de no haber cambiado aún su cafetera de brazo actual por una automática  y hasta hace menos de veinte años tuvo una La Pavoni que hubo de retirar con gran dolor de su corazón porque  ya no encontró piezas de repuesto.  Las sombras de los jugadores de dominó y cartas , como buenas e insomnes sombras  se las notaba claramente inmunes a los rigores de los cuarenta esteparios grados del bar.
Haciendo la ruta del viacrucis que rodea un cerro de yeso llegamos a las cuevas donde vivían las sombras de la Chata y de la Trabuca, mujeres trogloditas que en su día fueron  robadas por sus  maridos con su consentimiento aunque sin tener donde pasar la noche de bodas ni las siguientes hasta tener el perdón del padre. Las sombras del hambre y de la historia.
Una peculiaridad del pueblo son los nombres de las cosas y de la gente. Cada nombre tiene su sombra: La Posá,  o bar Manolo se llama El Pollo, el bar El Cazador, El Miguel... La gente hace cosas como agramar y amajancar, a veces comen albercoques arrebolaos y otros desatinos.
La Chata y la Trabuca, El Arrastrao, Mediablusa, El Bazeño, el Miñarro y otros como los Venteo, son sombras de los nombres de las sombras que pueblan las calles y cuevas de Comala, o sea de Galera. Que dios les guarde.


Tuesday, May 05, 2015

Oración laica por Marifer Chamorro


Mientras que nosotros aún podemos sentir nostalgia de la nada
tú, Marifer,  ya has alcanzado el consuelo de lo eterno.
La pinza de plomo radiactivo te atenazó con toda su saña al final de tu   tiempo
pero antes te acarició el rostro la brisa del mar y de la montaña;
te humedeció la piel la niebla esteparia de todos los noviembres
y te la tiñó de bronce el sol de todos los veranos.
Tuviste como regalo los mejores amaneceres y los más bellos ocasos,
las tormentas más furiosas y  las  calmas más placenteras.
Tuviste amigos y familiares y junto con Guillermo dejaste dos testimonios,
Sara y Daniel, que nunca podrán negar ante un juez por venal que sea
que te vieron  más alegre que triste, más feliz  que desafortunada.
Los que estuvimos contigo tenemos otra frontera, otro vacío:
mientras que nosotros  aún podemos sentir nostalgia de la nada
tú ya has alcanzado el consuelo de lo eterno.

Saturday, June 21, 2014

Al principio fue el caos

Al principio y al final fue el caos


 A mis mejores y peores alumnos

Las primeras palabras de El Génesis  hablan de que al principio fue el caos.  Por eso se llama el Génesis. Lo que no dice es que después y ahora y siempre sigue siendo y será el caos.  Ordenar el caos es una actividad que se arrogaron los humanos en el momento en que tuvieron el cerebro suficientemente grande.  Esta arrogancia le molestó mucho a dios y la calificó como pecado de soberbia. Y nos echó del paraíso. Y es que lo es,  pues no es  cosa baladí; ordenar el caos,  nada menos, hay que tener cuajo para semejante tarea.  ¡Fuera de aquí! Nunca más podréis disfrutar de la sombra del árbol de la ciencia , dijo.  Pero bueno, sois  mentecatos y tercos y si queréis trabajar en esto, en descifrar 
la fórmula para ordenar el caos, os daré el pensamiento.  Allá vosotros. Y nos fuimos del paraíso con la única fibra textil del pensamiento que nos permitió tejer el vestido de la inteligencia.  En los primeros pasos que dimos supimos que el caos consiste en que cada cosa ocupa un lugar y el principio de orden es saber cual es el lugar de cada cosa. Esto es lo que llamamos ciencia. Saber por qué cada cosa ocupa un lugar y no otro es la filosofía y finalmente,  admitir  que ordenar el caos no es asignar lugares nuevos a cada cosa sino comprender ese caos, eso es la sabiduría. 
Pero, ¿somos sabios los profesores? O sea, ¿admitimos que ordenar el caos no es asignar lugares nuevos a las cosas? o, por lo menos , ¿enseñamos métodos para  comprender el caos y por tanto para que nuestros alumnos puedan ordenarlo mentalmente? ¿Intentamos formar sabios o solamente científicos?  He sabido este año  por nuestros alumnos de ciencias que no se les explica el principio de Heisenberg, que en palabra de Machado quiere decir más o menos  que nada es verdad ni mentira sino que depende del color del cristal con que se mira  y el de la navaja de Ockam, que dice que más o menos también  que para resolver un problema, la explicación más sencilla suele ser la correcta.  Pues yo sostengo que sin tener presente de alguna manera el principio de incertidumbre no se puede comprender una obra de arte, hacer un simple comentario de texto o comprender por qué se producen las corrientes de Foucault (mi profesor de fisica de bachillerato contestó  una vez que se producían porque dios lo habia querido así).

Aristóteles, que como todo el mundo sabe era un gran mistificador, nos enseñó a cambiar las cosas de lugar  asignándoles cajones y etiquetas, por ejemplo el de la física, el de la astronomía o la botánica y nos vendió la idea  (que en realidad solo   era un método de clasificar cosas) como un principio de ordenación del caos. Esos cajones todavía los conocemos como asignaturas y cada vez según avanza el currículo están más llenos de cosas, o mejor dicho de nombres, de palabras que designan a la cosa y que afortunadamente no son la cosa, porque la cosa todavía está y estará siempre formando parte del caos independientemente de en qué cajón pongamos su nombre.  Aunque a los ojos de dios siga siendo un pecado de soberbia, es vuestra tarea intentar  comprenderlo. ¡A ver cómo lo hacéis, con las malísimas herramientas que os damos! Cuidado con romperse un dedo o quemarse las pestañas.  Porque si no estáis dispuestos a cometer este pecado, ¿qué otros merece la pena cometer?

Wednesday, August 20, 2008

Poderes


Aunque nunca lo he confesado, uno de mis poderes es el de la adivinación del futuro. Pero ya que me lo pregunta.. Es un don que heredé de mi abuela que si bien tenía varios los perdió cuando un día mató una culebra. A mí solo me transmitió uno que además tiene un carácter peculiar porque no puedo adivinar lo que va a pasar sino lo que no pasará. A ver si me explico bien. Mi facultad consiste en que si quiero que algo no pase , me lo imagino con toda clase de pelos y señales y sencillamente no pasa. No quiero decir que alguno de los detalles que he inventado no se cumpla o que aparezcan desordenados, no, es que no pasa el hecho en sí. Un ejemplo: cuando me enfrento a un examen y ya tengo la hoja en blanco y el bolígrafo preparado pienso : ahora el profe nos dará una fotocopia y nos pedirá que contemos la batalla de Waterloo, contexto, causas y consecuencias. Naturalmente, elijo este tema porque no tengo ni una remota idea de cómo ni por qué pasó lo que pasó en aquel lugar. Pues bien, la pregunta no es que aparezca como “La batalla de Waterloo: participantes y resultados”, no, simplemente no sale. No está en la lista de preguntas. Y todo porque yo conjuré la suerte, yo creo que la voluntad de la profesora de historia, para que no me tuviera que meter en aquel jardín de explicar racionalmente cómo en dos días de batalla se produjeran más de cien mil bajas entre los franceses y sus enemigos. ¿ habrá algún libro que realmente pueda explicar esto de forma racional ? Yo creo que es imposible, así que pasé de estudiar el tema por ahorrarme las tonterías que seguramente dicen, y como no me apetece que me suspendan pues ... En eso consiste mi poder y admito que lo manejo a menudo , pero es que en los exámenes nos piden unas cosas...
¿Y cuales eran los poderes de tu abuela, si puede saberse?
Ah, los poderes de mi abuela eran mucho menos prácticos. Quiero decir que estaban, no sé, como entre la poesía y la magia, ¿me entiende? Por ejemplo, mientras dormía podía hacer que la colcha se enrollase sobre sí misma como una alfombra, pero desde un pico, no desde un borde, hasta acabar en el opuesto y aparecer de pie, apoyada en un rincón de la habitación. Luego, por la mañana, tiraba del pico y la desenrollaba con toda facilidad sobre la cama.
Bueno, también tenía un valor práctico, ¿no?
Bien mirado, sí, pero ella no lo hacía aposta, quiero decir que se maravillaba por la mañana de encontrar así la colcha como si no hubiera sido ella quien se lo hubiera mandado hacer, quiero decir a la colcha. También podía ver luces que viajaban por el río y subir a la copa de los chopos y conversar tranquilamente con su madre aunque era totalmente sorda.
¿Y, cómo fue aquello de la culebra?
Pues fue que mi abuela, que tenía una huerta arrendada en La Tobilla un día mientras regaba los pimientos y los tomates le dio un golpe con la azada a una culebra que merodeaba por allí y la mató.
¿Y?
Pues que el hortelano que le arrendó la huerta fue quién le transmitió los poderes un día que le dijo, María tu verás maravillas, pero si ves alguna vez una culebra cuídate mucho de tocarla siquiera. Sin embargo si quieres hablar con ella, puedes hacerlo, eso sí, con todo respeto.
¿Y?
Pues que la culebra es como un totem, todo el mundo lo sabe, un protector o más bien facilitador . Si matas al tótem te quedas no sé como huérfano. El profe de física les llama catalizadores, pero se refiere a productos químicos solamente, si los profes tuvieran la mente más abierta...
Volviendo al tema de la adivinación, ¿Es así como sacas esas notas en todas las asignaturas?
¿Cómo?
Pues como tú dices, conjurando la voluntad de los profesores.
Bueno, más o menos.
¿También influyes, por decirlo de alguna manera en lo que explican y en lo que no?
Ah, no, no podría ser tan borde.¡Cómo les voy a limitar su libertad de cátedra como ellos dicen! Además, cómo podrían disfrutar de su trabajo si no pudiesen contar todo lo que saben, pobrecillos.
Entiendo, bueno, mira te he llamado porque tu tutora, Concha Espinosa, me ha dicho que hablara contigo por si querías entrar en el programa de sobredotación intelectual, pero me da la impresión, así, sin más evaluación psicopedagógica, de que no te va a interesar mucho, así que.. Ya hablaré yo con ella, ¿vale?

Friday, April 06, 2007

La república de las gallinas o Esplendor y ocaso del gallo Tadeo



En mi casa tenemos un corral de gallinas. También tenemos almendros, pinos piñoneros, chopos y setos, membrillos que mi padre cambia por patatas o por lo que sea y un laurel gigante que parecería la torre de la iglesia si mi casa fuera una iglesia. También tenemos una piscina y un horno para asar cordero de Segovia, que según parece, este cordero sólo se puede comer si se asa en ese horno y se reúnen quince o veinte personas. Supongo que también tenemos donde dejar las bicicletas y los juguetes por ahí tirados sin que molesten mucho porque no nos dan demasiado la lata con eso de recogerlo todo. Pero lo más importante de todo es el gallinero. Me han dicho los mayores que las gallinas tienen una organización social y política parecida a la de las personas y que antiguamente, una república era cualquier organización útil para mantener la paz y la concordia. Por eso quería yo hablar de la república de las gallinas; porque como ya soy un poco mayor, me he dado cuenta de que en mi casa tenemos una organización sí, pero no parece que sea como la de las gallinas. Nosotros funcionamos de otra manera, creo.

Resulta que en mi república de las gallinas, o sea en mi corral, hay diez o doce gallinas y dos gallos. Son los gallos de la saga de los Tadeos, o sea Tadeo padre y Tadeo hijo que a su vez han sido hijos de otros gallos que por comodidad nuestra también se llamaban Tadeo. Es que, cuando un gallo es todavía jovencito se le distingue bien de su padre y se puede llamar tranquilamente Tadeo hijo, pero cuando se hace mayor ya no es tan fácil, porque aunque las gallinas viven con nosotros no vivimos juntos, y las relaciones son distantes aunque cordiales. Como sucede que sin que tenga yo una explicación coherente hasta ahora , uno de los dos desaparece, siempre queda otro que, como es natural, pues se llama Tadeo. Así que siempre hay como mínimo un Tadeo. La saga de los Tadeos.

El problema es cuando hay más de uno y esta es la cuestión que relaciona la república de las gallinas con la necesidad aparente de la existencia en mi corral de un solo Tadeo.

Por lo que he podido colegir hasta ahora y he consultado todas las fuentes a mi alcance y espiado conversaciones y movimientos, todo parece indicar que no puede haber una república gallinácea con más de un gallo, llámese o no Tadeo, que esto a todas luces es irrelevante . Las pruebas más contundentes las he reunido en mis últimas observaciones. Sucedió que mientras Tadeo hijo andaba casi por al año de edad le creció una cresta roja y enhiesta como la de mi hermano mayor y se le iluminaron las plumas de las alas con irisaciones de los siete colores. Además, la cola se le extendió como un abanico negro y se dispuso a usarla para emitir señales como las coquetas de antaño según dice un manual antiguo de relaciones sociales que tiene madre en un arcón. Pero lo mejor de todo es que le aparecieron en las patas unos lindos espolones parecidos a los del velociraptor que tengo en mi baúl de dinosaurios, monstruos galácticos y héroes de la maldad cósmica. Este último hecho no carece de importancia porque noté que usaba los espolones con gran destreza para doblegar a las gallinas más jóvenes cuando Tadeo padre estaba distraído picoteando por aquí y por allá. En estos casos, dejaba su recreo con gran alarma de revuelos y carreras y perseguía con saña a Tadeo hijo por campo abierto hasta debajo del seto o allá donde se escondiese y le propinaba unos buenos picotazos en la cresta. La situación se prolongó algunas semanas con evidente menoscabo de la paz y orden republicanas: unas veces parecía que habíamos sufrido un ataque de alguna zorra de la Atalaya y otras que se había eclipsado de pronto el sol, tal era el griterío que organizaba el coro de gallinas ante la violenta desatada. No tengo bien contrastado este último dato, y espero que no sea fruto de mi malevolencia, pero hay indicios de las gallinas asumían con cierta complacencia la rivalidad entre Tadeo hijo y Tadeo padre, sobre todo cuando aquél plantó cara en campo abierto a su padre y se enfrentaron dando algunos saltos al aire sin llegar a las manos, quiero decir a los espolones.

Parece ser que, según se explica en la clase de cono, ninguna organización social es totalmente autónoma: al lado hay otras, como mi familia, que se ven afectadas por algo que mi seño llama el efecto mariposa. Yo no sé que tendrá que ver, pero ante tamaño desorden en el gallinero mi padre, que según me enseñan sería algo así como el departamento de exteriores del estado dominante, aprovechando que nos visitaban los abuelos decidió intervenir en la regulación política de la república de las gallinas de una manera aparentemente incomprensible: comeríamos arroz con pollo. Aprovecho para decir que las relaciones causa - efecto en el mundo de los mayores no se producen igual que en la clase de conocimiento del medio. Allí los ejemplos están bastante claros aunque a veces vengan cogidos por los pelos, pero en el mundo de los mayores se requieren observaciones más amplias que ayuden a sacar conclusiones que, sin embargo, no siempre resultan evidentes. En resolución, que para comer arroz con pollo, mi padre atrapó con una sacadera de su equipo de pesca a Tadeo padre, lo metió en un saco infamante como un delincuente ya ejecutado y con esta sencilla aunque lúgubre ceremonia fue destronado o destituido como pontífice máximo. Naturalmente esto implicaba la ascensión automática al poder supremo de Tadeo hijo. Pero en el mundo de los mayores las cosas no son tan sencillas. Cuando mi abuela se acercaba al saco con una balde de aguar hirviendo para proceder al procesamiento del cuerpo de la víctima, Tadeo padre, de un salto más que notable se escapó del saco y corrió a esconderse entre el seto. Cundió la desolación por la cocina aunque me consta que algunos, y juro que yo no fui uno de ellos, se alegraron de la perspectiva de que la intendencia familiar tuviese que optar por llamar a telepizza para solucionar el problema.

Una organización política con experiencia y buen hacer necesita recurrir en estos casos a tácticas y estrategias para conseguir sus fines. Nosotros somos gente civilizada, no como otros que las primeras acciones que se les ocurren son las más devastadoras. La situación no aconsejaba declarar proscrito a Tadeo Padre y que allá se las hubiesen los aliados ni mucho menos invadir el gallinero inocente. Las gallinas fueron liberadas del gallinero para que campasen a sus anchas y atrajesen fuera del seto a Tadeo padre. Pero este, que sabía más por viejo que por gallo, hizo la vista gorda ante las provocaciones que Tadeo hijo le infería sometiendo en su presencia y hasta el atardecer a cuantas gallinas quiso. Sin embargo cuando empezaron a retirarse hasta el gallinero, Tadeo padre empezó a dudar. No soportaba que Tadeo hijo organizase la retirada y acomodación de su feligresía en los palos del gallinero sin ambages y se aprestase a pasar la noche en un lugar preferente: su lugar. Así que bonitamente, salió del seto, dio unas cuantas vueltas como disimulando y, ya cerca del gallinero, emprendió una carrerita muy digna y se colocó en su puesto de mando. Justo en ese momento le cayó encima por segunda vez la sacadera y le llegó el doble ocaso: el del día y el de su esplendor de gallo patriarca. Yo me llamo Genaro y a mi seño de Cono no le puedo contar estas cosas porque dice que divago.

Monday, January 01, 2007

Tu plaza de pueblo

Me gusta tu plaza de pueblo
Donde se reúnen las parejas
Y se sientan en la terraza del bar
A tomar cerveza él, refresco ella;
Donde los ancianos en sus bancos
Miran con envidia a los jóvenes
Y a los niños que persiguen a las palomas.
A veces me imagino que tiene en el centro
Una fuente cantarina como antaño
Y farolas de estilo romántico
Y alguna estatua, como todas las plazas.
En primavera fresca como un patio
Y en otoño cubierta de hojas amarillas.
Pero sólo lo imagino, porque si quedamos en tu plaza,
No veré que la fuente no mana
Ni que la estatua es de una maestra de otros tiempos
en pobre piedra artificial y las farolas
ay, las farolas, ya no son farolas
sino mobiliario urbano que alumbra.
No veré las mesas y sillas de plástico
Con anuncios comerciales de bebidas
y gotas pintadas que parecen de verdad
Ni las sombrillas con su pie de cemento blanco
Ni a los niños berreando, ni el bostezo de los viejos
Ni las bolsas vacías por el suelo
Ni las cáscaras de pipas ante los bancos .
No, no veré nada de esto 
porque solo veré tus ojos llenos de anhelo.

Friday, November 17, 2006

Leoncio contra el sistema

Aquel dìa, Leoncio se levantó temprano como siempre y mientras desayunaba se hizo mentalmente la planificación diaria. En principio todo le cuadraba bastante bien pero viendo que Javier empezaba a hacer la mona delante de la taza de cereales con leche y colacao le asaltaron serias dudas de que ese día , como todos los demás, se cumplieran sus previsiones. Sus dudas se convirtieron en certeza cuando Javier decidió que no se tomaba la leche porque sabía a chorizo. A Leoncio, aquella le pareció una razón de peso aunque por descontado increíble, y como tomó conciencia de padre la noche anterior viendo en la televisión el programa de Supernani, no tuvo otra alternativa que desplegar las estrategias persuasorias aprendidas de la pedagoga nulípara. Leoncio también es nulíparo, claro está, pero aún así alcanzó cierto éxito, aunque tan parcial y a tal hora, que viendo que aquel día tampoco podría realizar su plan decidió que se vengaría lo más cruelmente posible en el primero que se echase a la cara. De ninguna manera estaba dispuesto a cargar él solo con su frustración: alguien, ese día se sentiría tan desgraciado como él al menos por unos momentos. Así que empezó por el principio a ejecutar su agenda tal y como tenía previsto. Como entre que dejó a Javier en la escuela y una visita que tenía que hacer a un centro a las once y media, hora del recreo le quedaba más de hora y media se acercó hasta la Caja de Ahorros a pedir el bonobús.
-Buenos días, señorita.
-Buenos días, ¿qué quería?
-Pues mire, yo venía a por el bonobús que ofrece el Ayuntamiento al 50%.
-Ah, sí, pero no puede ser hoy.
-¿Y eso por qué, señorita?
-Porque, como puede ver usted en el aquel cartel los bonobuses sólo se venden los martes y los jueves, así que, deje paso al siguiente, si es tan amable, siento que haya tenido que esperar.
-Ah, no, señorita, no lo sienta usted, que bastantes pesares le dará ya la vida cotidiana para que además se preocupe por mi. Mire, usted simplemente me da un bonobús, yo se lo pago y me voy y se ahorra la preocupación.
-Señor, si no es por ahorrarme nada, es que solo se vende los martes y los jueves.
-Ya , pero mire, es que yo trabajo, sabe, y no puedo perder otra mañana más para lo del bonobús, así que, ya que no es cuestión de ahorro, deme al bonobús, yo se lo pago y todo arreglado.
-martes y jueves.
-Martes y jueves será por conveniencia del banco, señorita, pero a mí me conviene hoy que es miércoles y no trabajo hasta las once.
-Bueno, no es que sea una conveniencia caprichosa, es una cuestión de organización. No vamos a ser rigurosos sólo para molestar a los clientes
-No esperaba menos de ustedes, que tienen fama de ser un buen banco, y puesto que no es una cuestión de rigor por el rigor, véndame bonobús y le quedaré muy agradecido
-Ya le he dicho que sólo los vendemos los martes y jueves ¿ Es usted cliente del banco?
-No señorita, yo nunca sería cliente de un banco que fija los días de los servicios a su capricho sin tener en cuenta las necesidades de los usuarios.

-¡Cómo, que no es usted cliente del banco! ¿Y me hace perder todo este tiempo?
-Pues no, señorita, pero tenga en cuenta que yo no he elegido que sean ustedes quienes vendan los bonobuses sino el Ayuntamiento y como comprenderá no tengo por qué ser cliente del banco que elija el Ayuntamiento, pero como sólo ustedes venden el bonobús... Además no creo que sea perder el tiempo atender a un cliente, ya le pagan a usted por ello, señorita.
- Pero, vamos a ver, ¿no dice usted que no es cliente nuestro?
- No señorita.
- Mire, hay ya mucha gente esperando, así que tenga la amabilidad de dejar paso y venga usted el jueves.
- Señorita, si hay mucha gente esperando no es por mi voluntad sino porque usted lleva un cuarto de hora negándose a venderme el bonobús; déme mi bonobús y será usted quien favorezca a esta gente, como supongo que será su obligación ya que trabaja aquí y no yo que no solo no trabajo aquí sino que es la primera vez que entro en este banco.
-Pero ya le he dicho que hoy no puede ser, no puedo hacer ninguna excepción y menos con personas que no son clientes del banco.
-Ah, ¿es que estaría dispuesta a hacer excepciones en algunos casos?
- Si fuera por alguna causa importante sí, pero sólo con los clientes y usted dice que no lo es.
-No señorita, y me parece que nunca lo seré en vista de cómo me trata usted. De todas formas lo olvidaré y si me vende el bonobús quizá considere la posibilidad de hacerme cliente suyo.
- Lo siento ya le he dicho que sólo los vendemos los martes y los jueves.
- Pero señorita, acaba usted de admitir que está dispuesta a hacer excepciones en casos importantes y yo no puedo venir mañana
-Sólo con los clientes
-Vale, en ese caso quiero abrir una cuenta.
-De acuerdo. ¿Nombre?
-Leoncio Venteo
-¿Dirección?
-Calle tal, número tal.
-¿Cuánto quiere ingresar en la cuenta?
-Pues, no sé ¿un euro?
-Vale, este es su número de cuenta, su libreta de ahorros, su carnet de identidad y en esta hoja tiene los días en que damos los servicios: lunes pensiones, martes y jueves bonobuses , miércoles recibos varios, viernes...
-Vale pero ahora que soy cliente ¿no podría hacer aquellas excepción y darme mi bonobús?
- Lo siento, martes y jueves
- Señorita, mire que la cola aumenta y ya continúa por la calle.
-Martes y jueves.
- Señorita estoy empezando a sentirme incómodo con el servicio que dan ustedes a sus clientes, así que para contribuir a la mejora del banco, quisiera presentar una queja al director de la oficina. ¿Me puede indicar cuál es su despacho?
- Mire, como ya hemos perdido mucho tiempo, para no tener más líos prefiero venderle el bonobús si no le importa.
- Bah, déjelo que hay mucha gente esperando, cancele mi cuenta que ya me da igual porque acabo de perder el autobús. Ya vendré el próximo miércoles, señorita. Buenos días.

Sunday, September 17, 2006

Petra la botera

Petra la botera

“Sardinas frescas a tres pesetas en casa de la Petra”, cantaba el pregonero por las esquinas después de tocar la corneta. Cuando oía el pregón yo sabía que se trataba de Petra la botera que era el nombre por la que se la conocía en el pueblo. De espíritu emprendedor, ya antes de la guerra aprendió a coser botas para el vino que venía de la Mancha en largas recuas atravesando los cerros a lo largo de la ribera del río Guadalmena. Recibía de un recovero las pieles de cabra ya curtidas, las cortaba de acuerdo con un patrón de cartón y las cubría de pez. Luego las cosía con mucho cuidado y les añadía el brocal y las trenzas para llevarla en bandolera. Luego, el mismo recovero las recogía y le pagaba a tanto la pieza. Después de la guerra, Petra la botera tuvo que cambiar de oficio. A causa del bloqueo económico de los primeros años del franquismo el café desapareció de las tiendas de ultramarinos y los estraperlistas que se movían por Sierra Morena traficaban con productos más necesarios. Subían a La Mancha con aceite y bajaban con pan blanco. El café era un lujo innecesario y más arriesgado. Así que; Petra la botera, al tanto de los buenos negocios, puso en la cámara de la casa de la calle Maguillo su factoría de café. Hacía miles de bolitas de masa de pan, aplanaba una de sus caras y les daba un pequeño corte con el cuchillo. Después las tostaba en la sartén hasta que parecían granos de café torrefacto. Aquel negocio fue el inicio de su tienda de ultramarinos , un sueño de juventud que se cumplió pronto y que le hizo ser tendera toda su vida. Tuvo dos locales, el primero frente a “La Cumbre” en el que vendía frutas y verduras y auténticos ultramarinos aunque sobre todo productos nacionales. De la jamba colgaba los racimos de plátanos y junto a la puerta se amontonaban en orden las cajas de frutas y los sacos de legumbres como en todas las tiendas. Después tuvo otro más moderno, ya en propiedad con un escaparate que permitía tener todos los productos en el interior. Tenía un alto mostrador con caja registradora y guillotina de cortar el bacalao y estanterías al fondo. Por aquellos tiempos, Petra la Botera ya era una mujer rica. Era la rica de la familia. Como se pasaba el día tras el mostrador, su hermana, la María de César algún día a la semana bajaba a hacerle las haciendas de la casa, encima de la tienda. A cambio, Petra la botera le vendía barata la ropa que desechaba y le hacía un pequeño descuento en las compras o le regalaba verduras ajadas que tenía para tirar en una caja apartada. Sin embargo, la prosperidad de su tienda no le permitió nunca dejar de ser conocida para siempre como Petra la botera.

Friday, July 21, 2006

EL ARADO

El arado

Cuando fueron a buscar a mi abuelo para asesinarlo, mi abuela ya había parido diez hijos y aún le quedaban dos por parir. Tenía pues la suficiente experiencia para saber muchas cosas. Vinieron cinco hombres: dos de Siles, dos de Torres y uno de Los Maridos que recogieron al final del valle de Onsares para autorizarse en su macabra labor por las faldas de las montañas.
-¿Juana, está tu marido?
- Claro que está, pero por esos cerros cortando leña, pero yo lo llamo y viene enseguida.
Mi abuela sacó la caracola del portal y desde la esquina del cortijo se encaró hacia aquellos montes aparentemente solitarios e hinchando los pulmones al máximo le arrancó un zumbido largo y profundo como el ulular de un barco, luego otro igual de hondo pero más breve: era la señal para que no viniera porque mi abuelo venía a horas más o menos fijas sin que le llamaran.
-¿Tardará mucho, Juana?
- Depende de lo que esté haciendo y de dónde esté, pero como casi es la hora de almorzar no se estará mucho.
- Pues ve preparándonos una gachamiga mientras, Juana.
Allí mismo a la puerta del cortijo, sentados en sillas bajas alrededor de la sartén de patas se comieron la gachamiga convenientemente regada con vino agridulce.
- ¿ De dónde has sacado esa chaqueta Narco?
- Se la quité a un pichichi que pillamos en la carretera de Orcera. Iba en su coche a La Puerta y no se lo dejó requisar. No le dimos mucho, pero los pichichis no aguantan y se puso tan malo que ya no le hace falta.
- Eso es lo que a mi me gustaría echarme a la cara, un pichichi, pero por aquí todos somos iguales.
- Iguales no, compañero, que algunos tienen buenos cortijos con sacos de harina para hacer gachamiga, viñas que dan vino y hasta cachos de monte con pinos y robles donde llevar las cabras, como éste.
-Ñaco, no te arrimes al arado que muerde.
Mi abuelo compró el cortijo con su cacho de monte por veinte mil pesetas que tardó años en pagar y se vino del Biznagal donde trabajaba de guarda. Como parte del pago y de paso para quitarse una boca que alimentar, mi padre debía servir de porquero con el dueño y antiguo amo hasta hacerse de provecho, pero tuvo que volver a casa por la constante cagalera que le provocaba el guiso de verdolagas, más agrias que los hierros y con una espuma amarilla por encima, que le daban como única comida.
El cortijo de mi abuelo es el más alto y más hondo en la cabeza del valle de Onsares. Más arriba ya no hay carriles forestales ni falta que hacen porque el paso lo cierra la Peña del Cambrón, La Piedra, tan alta como El Yelmo, pero llena de vida hasta la cima.
La casa tiene un buen portal con cantarera, ganchos que penden de los revoltones para colgar el barril y el candil, mesa y máquina de coser Singer entre cuyos radios de la rueda metí un día las tijeras para pararla y se rompieron las dos hojas con gran disgusto de mi abuela. Sin embargo aunque amputadas fueron útiles durante mucho tiempo. También hay una buena chimenea donde se hierve la leche de cabra en magníficos cazos de cobre de rabo largo y negro. Hay dos dormitorios siempre negros con arcones donde se guardan ropas y objetos maravillosos que están debajo, en el fondo y camas altísimas, una de ellas, la de mi abuelo, de cerezo torneado. A la derecha está el horno y la bodega sin ventanas y a la izquierda la cuadra y la tinada donde duermen las cabras a las que se accede desde el rellano de la escalera de la cámara. Arriba está la cámara, llena de misterios y olores a higos secos y nueces y ciruelas, esparto crudo, montones de trigo y panizo; a veces granadas y aperos de labranza por los rincones. Allí sólo me aventuraba de día porque de noche en el cortijo reinan las tinieblas, así que apuraba por la noche hasta el último brillo de luz en el horizonte sentado a la puerta de la casa.
" Mangas de humo" pasa a leernos un rato, me decía mi tío Juanito.
-Es que no veo.
Mi tío Juanito era grande y moreno como un oso y me daba un poco de miedo. No creía que no pudiera ver de noche como todo el mundo y me obligaba a entrar a tientas. Ya bajo la luz del candil leía en voz alta y con buen ritmo para la admiración de todos. Sólo tenía dos o tres libros. Un catón, Mi Primer manuscrito, que sólo eran modelos de cartas autográfas en mil estilos y tipos de letra y un libro de cuentos de Calleja primorosamente editado en cuatricromía. Cuentos fantásticos encabezaba cada página de la izquierda y cuentos de calleja cada página de la izquierda. Bobbie y Debbie o los niños que no querían tomar medicinas, Mi gracioso favorito... Un dolor de cabeza estaba ilustrado con un enano subido a horcajadas sobre los hombros del doliente. Con un gran mazo le hundía largos clavos en el cráneo. Mi gracioso favorito era un cortesano vestido como las ilustraciones de las mil y una noches. La muerte era una esbelta y delgada mujer cubierta con un largo sudario gris que le tapaba la cara. Bobbie y Debbie nunca me gustaron demasiado. También aparecía Juan sin miedo cruzando alegremente por una estrecha tabla un río en el que acechaba un cocodrilo o un dragón. Al final experimentó miedo al tener que casarse con una princesa.
La parte trasera del cortijo ya es puro monte y cerca de la pared está la rimera de leña sobre una alfombra de cortezas de pino de vivo color rojo que con el tiempo se oscurecen hasta el marrón y el negro. Más arriba pasa el carril de tierra como una larga herida en el monte que deja ver grandes rocas de piedra caliza a los bordes y pinos con parte de sus raíces al aire amenazando con desarraigarse en cualquier momento.
-Ñaco, no te vayas con el primo Pedro a guardar las cabras que te romperás las sandalias. Me rompí las sandalias triscando por los cerros más que las propias cabras y mi abuela me azotó convenientemente con la suela que quedó. Para que otra cosa podrían ya servir las dichosas sandalias.
Aquel día también estaba allí el arado, apoyado contra la pared con el timón recorriendo casi toda la fachada como el dragón de la Caja de ahorros de Puente Génave. La cama negra y las orejeras embozadas de un barro duro y rojizo que atrapaba briznas torturadas de hierba le daban un aspecto amenazador, pero la reja aguda y brillante con mil puntitos de orín le hacía parecer magnífico. La varijada se encontraba siempre detrás, entre el arado y la pared y era el objeto de mis desvelos el alcanzarla y blandirla como una lanza. Pero lo más fascinante de todo es que el arado mordiera: debía tener la boca bajo la reja, donde se apoyaba la cama en el suelo y, en cualquier caso sus dientes no podían ser muy largos, aunque, si eran tan finos como la reja ... Yo quería hacer como mi tío Juanito, empuñar el arado y romper la costra reseca de la tierra con mi tiro de mulas.
Aparejaba la yunta y se iba al campo. Se colocaba las riendas por los hombros detrás del cuello y bajo el brazo empuñaba la varijada como un picador que apoyaba en las orejas del arado para abrir más hondo y más ancho el surco. Después volvía con la vara al nombro también como sales los picadores de la plaza. Rascar el polvo amasado de sudor en la planta de las abarcas a la luz de la lumbre le llevaba un buen rato todas las noches. Para ello disponía de una espátula hecha por él mismo con una cuchara aplanada a martillazos.
- Bueno, vámonos para abajo que este hombre no viene. Juana, dile a tu marido que unos amigos han venido a hablar con él, que ya volverán otro día, bueno otra noche y así lo pillamos seguro.
Desde el cortijo se domina el valle y los otros cortijos de abajo casi escondidos entre nogueras, olmos, cerezos e higueras, que la sombra y la fruta han de estar a mano. Diversos puntales cortan la vista y no existe sensación de vacío hasta que al fondo se divisa el pico del Yelmo sobresaliendo entre los demás. Toda la gama del azul del cielo y toda la del verde de los pinos y las olivas se contraponen sin mezclarse, sólo el Yelmo, con su pico como de estaño parece conectar ambos mundos.
Mi abuelo hizo dos viajes, uno a África cuando sirvió al Rey y otro a La Puerta para recoger a mi madre embarazada. Cuando volvió de La Puerta dijo que ya no volvería a viajar más y menos para recoger nueras que no saben montar en burra y al primer salto de un río se quedan sentadas en el suelo, embarazadas y todo. Por la tarde se sentaba en una silla alta y yo le afeitaba la barba de varios días con una astilla de caña y una cola de conejo blanca y gris como su barba. Lo más interesante que tenía mi abuelo era su reloj. Lo llevaba en el bolsillo del chaleco, sin cadena y dentro de una bolsita verde y grana con bordados en oro y plata. El forro interior era rojo y suave y se ataba la boca con un cordón como las bolsas de tabaco.
Aquellos hombres no volvieron para fortuna de mi abuelo. Su antiguo amo y protector, más rico que él y por tanto más poderoso se lo impidió de alguna manera. O quizá fue la suerte o la larga caminata que había que hacer para llegar al cortijo y pillarlo allí.
Años más tarde, buscando por entre las piedras de la pared de la tinada se podían encontrar casquillos de balas de fusil de color rojizo y enormes cantidades de cuchillas de afeitar oxidadas y que no cortaban, sobre todo cerca del trozo de espejo roto engastado en la pared y perfilado de cal en el que se miraba para afeitarse mi tío Juanito. Enfrente, el jardín con su yedra, sus lirios y geranios proporcionaba frescor en verano cuando se regaba el suelo además de las plantas. Aquel era el sitio preferido por mi tía Victoria para sentarse en una silla baja a bordar su ajuar y, en los descansos, escribir cartas a su novio, después mi tío Genaro, que estaba cumpliendo el servicio militar en Palmas. Por aquellos tiempos los mozos hacían la mili en Palmas y algunos regresaban luego para trabajar allí por algunos años. Pero siempre volvían. Uno de ellos fue mi tío Juanito. Mi tía victoria guardaba en una caja de caramelos de hojalata algunos botones, una o dos fotos en color del soldado y las cartas recibidas con sus sellos, que servían de nuevo si se despegaban con cuidado del sobre y se pasaban por la frente para borrar la tinta del matasellos. Lo que más abundaba en aquel jardín eran los lirios y las enredaderas que se entrelazaban en los árboles pestosos y los rosales formando un parapeto fresco y sombreado. Entre aquellas enredaderas creí haber perdido mi magnífico colt 45 plateado. Pero ahora sé que fue mi abuela quien se deshizo de él porque recordaba aquella mañana en que vinieron a asesinar a mi abuelo y no quería ver armas por la casa ni aunque fueran de juguete.
Hasta que un día el arado me mordió.
- Mamá Juana, que me ha mordido el arado. Que me ha mordido por las piernas. Allí estaba yo en el suelo, con el arado sobre las piernas atrapado más por el terror que por su peso y desde allí vi venir a mi abuela haldeando hacia mí y con las manos en la cabeza.
- Válgame Dios, si ya te dije que el arado mordía, que no te acercaras a él.




La Peña del Cambrón

La subida a la piedra es una aventura interminable. Cuando deja de haber olivos empiezan los pinos negrales y carrascos organizados en fronteras rectas y verdes con ellos. Después los propios pinos forman una frontera con la gran piedra desnuda. Manchas de robles y encinas y escarpas grises jalonan la marcha. De vez en cuando un oloroso cambrón ofrece una sobra tenue casi transparente. Todos los pinos tiene una gran herida de arriba abajo. Al final, casi cerca del suelo un mortero de barro recoge la resina, que a veces rebosa formando chuzos traslúcidos y amarillentos que cuelgan de los bordes. El olor a resina, a piña, a seco verano lo impregna todo y el ruido de las chicharras aturde. Nunca tuve la sensación de haber llegado a la cima. Sin embargo, la coronación de la aventura consistió en la merienda de chorizos, lomo de orza y pan artesano con que nos regaló mi tía victoria y que llevó durante el ascenso en una cesta de mimbre colgada del antebrazo.


La cochura del pan

Desde la semana anterior, mi tía Victoria tenía preparada la levadura envuelta en un trapo y guardada en un sitio fresco de la misma bodega. La levadura no era más que un pedacito de masa ya dura que había que deshacer ablandándola con vinagre y dejándola reposar toda la noche en un plato. Acabada la operación colocaba la artesa sobre una mesa y con un cedazo finísimo cernía la harina cargándolo con un plato una y otra vez y moviéndolo adelante y atrás a lo largo de la artesa hasta tener la cantidad de harina suficiente y estar lo suficiente empolvada ella misma por todo el cuerpo. Después deshacía completamente la levadura y la mezclaba con la harina, la sal y el agua y amasaba durante un buen rato. A la mañana siguiente cortaba con un cuchillo grandes trozos de masa y formaba los panes, grandes y orondos que tomaban un color pálido como de cera. Los distribuía en una tabla tan grande como la artesa . Los espolvoreaba con harina y los cubría con un lienzo limpio y ligeramente húmedo y allí esperaban mientras se calentaba el horno La bodega estaba impregnada de un olor ligeramente acre y el polvo de cerner la harina ya se había asentado sobre el suelo y los otros muebles de la bodega: la tinaja del vino, los trebejos de la matanza, las grandes alcuzas de aceite, sartenes de patas, calderos de cocer la cebolla , etc. El encendido del horno era un ritual que había que cumplir minuciosamente. Éste estaba integrado en el edificio del cortijo como una dependencia más y formaba parte de la bodega.
Desde fuera sólo se delataba su presencia por el respiradero para el humo que se abría a media altura de la pared. Este respiradero no era más que una piedra de la propia pared que se ponía y quitaba para regular la entrada de aire que hacía arder la leña, la salida de humo y calor cuando ya estaba encendido. Finalmente, cuando estaba inactivo se tapaba el agujero para que no entrasen sabandijas, especialmente culebras, muy aficionadas al horno en invierno ya que conservaba el calor por varios días. La leña para el horno la preparaba unos días antes mi tío Juanito fuera, en la tinada de las cabras si amenazaba lluvia o cerca de la puerta del cortijo. Llenaba el horno de leña casi hasta la boca y le prendía fuego colocando bajo el haz una piña ya encendida que, en pocos minutos hacía arder alegremente una hoguera que ocupaba todo el horno.. El olor de la hoguera llenaba todo el ambiente con aromas de resina de pino u oliva o roble. Arriba, en la bóveda del horno las llamas se retorcían hacia abajo hasta prender de nuevo sobre la leña y llegaban hasta salir por la boca y se enderezaban de nuevo hacia arriba amenazando el techo de la bodega. Yo, sobrecogido, me imaginaba al profeta Daniel condenado a arder en el horno y me costaba creer el episodio posterior de los leones. Daba un poco de miedo verlo, pero me esforzaba por ver entre las llamas a un ángel blanquísimo protegiendo al profeta, pero sólo lograba imaginarme ver un gran pájaro blanco chamuscado. Consumida la leña, mi tía victoria apartaba las brasas hacia un rincón del horno con un escobón de ramas de lentisco verde cogidas en el monte cercano y barría cuidadosamente el suelo hasta no dejar una mota de ceniza. Finalmente limpiaba la ceniza con unas tiras de trapos viejos humedecidas y atadas al final de un palo tan largo como el mango del escobón. Entonces, con la ayuda de una pala de madera, cargaba uno a uno los panes sobre la pala espolvoreada de harina y los colocaba ordenadamente dentro del horno tirando fuerte hacia atrás de la pala. El pan resbalaba y se quedaba inamovible en su sitio dejando buen espacio entre unos y otros pero de manera que cupiesen todos. Sólo cerca del montón de brasas dejaba un espacio libre para que los panes más cercanos no se cociesen demasiado rápidamente. Tapaba la boca del horno con una tabla algo irregular y además la cubría con un trapo para que no escapase el calor por las rendijas. Tampoco se podía olvidar de tapar con su piedra el agujero del humo. Para entonces, mi tía Victoria tenía la cara enrojecida por el calor y la frente llena de góticas de sudor. Después sólo quedaba vigilar de vez en cuando la cocción. El calor y el aroma del pan cociéndose formaban un solo elemento, ya no eran una sensación de calor y un olor juntos sino un aire que se respiraba, un ambiente en el que se vivía durante algunas horas y que después se iba disipando plácidamente como una tormenta de los sentidos. Cuando el pan había aumentado lo suficiente y casi se tocaban unos con otros, tomaba un color moreno y emitía un aroma a pan recién hecho que inundaba toda la casa y los alrededores. Entonces empuñaba la pala y comenzaba a sacar los panes eligiendo primero los más cercanos al montón de brasas, acercaba los más alejados o los cambiaba de lugar según su criterio. Así los dejaba enfriar sobre la misma tabla donde esperaron antes que se calentara el horno. Una vez fríos los guardaba en un arca que, cerrada, se cubría con un paño. El día de la cochura era un poco fiesta: el pan estaba tierno, tenía un olor especial y se comía con deleite. Pasados algunos días, el aroma , el sabor y la textura cambiaban al sentarse pero nunca llegaba a ponerse duro. Algunos viejos decían que preferían el pan sentado, quizá por justificar que no se pudiera cocer pan todos los días, que es conquista de la revolución urbana, o quizá porque realmente eran grandes entendidos en la materia.

La calera

Para hacer obras en el cortijo no se necesita más que cal y arena. La arena se recoge en el arroyo donde mi primo Pedro y yo vamos a bañarnos cuando lleva a beber a la burra. El ambiente fresco invita. Nos colgamos de una rama de sauce y nos dejamos hundir en la charca que a mí parece inmensa. Después nos regaña la abuela por habernos bañado como siempre. La cal hay que hacerla. Así que mis tíos Juanito y Genaro acondicionan la vieja calera, abierta por primera vez cuando se construyó el cortijo veinte años antes. Rehacen el entibado del fondo y acumulan un buen montón de piedras cerca de la calera. Eligen las mejores entre el monte y las transportan penosamente en parihuelas. Cuando tienen las suficientes las van colocando formando una bóveda por aproximación de hileras sobre el pozo cuidando de dejar una puerta para meter la leña. Cuando se cierra la bóveda rellenan el resto con más piedras hasta formar un pequeño montón sobre la cúpula. Llenan de leña el interior y le prenden fuego que mantienen un día y una noche ardiendo. Desde la puerta del cortijo veo las llamas rojizas que salen por la boca de la calera al anochecer. Al convertirse las piedras en cal, se vuelven blancas y pierden consistencia; la bóveda cede por el peso y se derrumba. Cuando se enfría, quitan las piedras de arriba, mal cocidas y poco a poco aparecen al fondo unas piedras blancas con vetas amarillas que se desmoronan fácilmente: es la cal. Durante algunos días siguientes a la construcción de la calera, mi primo Pedro y yo hicimos varios intentos de hacer nuestra propia calera a escala con pequeñas chinas, pero no sé si logramos cubrir la bóveda o hicimos una pequeña trampa ayudándonos de algunos palitos a modo de vigas para sostener la cúpula como hicieron mi tío Juanito y mi tío Genero.
Finalmente la obra consiste en agrandar una ventana, revocar parte de la fachada o reforzar la chimenea. Un montoncito de argamasa sobrante se endureció a la puerta del cortijo y allí permaneció durante muchos años. Encargó una ventana nueva al carpintero de Villarrodrigo, y le puso cristales nuevos, pero se olvidó de comprar las bisagras así que con las dos que tenía unió las dos hojas entre sí como un libro y empotró el conjunto en su marco.


La siega

La siega es una faena que no requiere gran preparación como muchas otras tareas campestres. Una noche alguien toma la decisión cerca del fuego pues hay fuego siempre en la chimenea, tanto en invierno como en verano porque hay que cocinar. Mañana iremos a segar el centeno. Nadie discute porque la decisión es la que corresponde por este tiempo y tanto da que sea mañana como al día siguiente. Así que muy temprano, se descuelgan las hoces de las vigas de la cámara, que están allí desde el año anterior, se sacan de sus fundas de cuero curvas como la hoja de la hoz y endurecidas por el paso del tiempo. Están cosidas a mano, con puntadas irregulares como los dediles, fundas de cuero para los dedos que cuelgan también de las vigas como racimos. Si se estima necesario como si no, las hoces se pasan por la piedra de afilar. Forma parte del ritual. La piedra de afilar está enfrente de la casa, a la izquierda y es una gran rueda de arenisca roja montada sobre un armazón de madera que tiene un depósito de agua en la parte de abajo. Con un pedal y una biela se hace girar la rueda que va pasando por el agua al girar y así se mantiene siempre mojada para hacer más fino el filo. Si hay mucho que segar vienen los tíos de los otros cortijos y los primos. Muchas labores estacionales se hacen en familia y se intercambian esfuerzos. Hoy segamos lo tuyo y mañana lo mío. Llegados al secano, se deja el hato y el barril a la sombra de una higuera y se empieza por la linde abarcando tres o cuatro surcos. A manojos se va cortando la mies. Con unas cañas se ata cada manojo y se van dejando al lado del segador. Cientos de manojos forman un haz que atamos los chiquillos o las mujeres: mi tía Victoria y mi tía Adela. Mi abuela custodia el hato y contempla atentamente la faena sentada sobre una piedra a la sombra de la higuera. Mi abuela Juana todo lo miraba atentamente, vestía siempre de negro y se movía lentamente como una sombra. En su faltriquera guardaba las cosas más secretas del mundo que yo me empeñaba en que me enseñara y luego resultaban ser botones de colores, el alfiletero de manera torneada, horquillas para el pelo, hilos y monedas antiguas. Aquel día también me empeño en segar como los mayores y enseguida me corto en la mano, cerca del dedo meñique, justo donde ha de pasar la hoz cuando se agarra el manojo a cortar. Disimulo para poder seguir pero alguien ve mis manojos enrojecidos; me quitan la hoz y se acabó la fiesta. Los haces se llevan a hombros a la era y acaban formando un montón más que regular. Se quitan las piedras sueltas, se arranchan los matojos que crecen entre el empedrado y se barre la era. Al día siguiente cuando me levanto, ya han deshecho los haces, extendido la mies y aprestado los aperos de la trilla: la yunta, el trillo, las horcas y las palas y una escoba. Antes de empezar se apalea la mies para aplanarla de manera que pueda sentarse bien el trillo y no la arrolle por delante entorpeciendo la marcha a este efecto, la parte delantera del trillo está curvada hacia arriba, y aunque esta parte no tiene dientes, cuando avanza parece una gran boca que se lo traga todo. Cuando no está en uso, el trillo siempre está de pie apoyado contra la pared para que no se le caigan los dientes al rozar con las piedra del suelo de la era. Estos dientes, otras vez los dientes, no son más que hileras de piedras de pedernal incrustadas en la madera. Entre las juntas de las tablas que componen el trillo se han introducido también trozos de hojas de sierra . En cada una de las esquinas del trillo hay una hendidura en la que se aloja una rueda de hierro en forma de disco que sirve para además para que en las calvas de la parva ruede el trillo sobre el suelo sin dañar los otros elementos de corte. En la trasera se proyecta hacia atrás un arco de hierro que también tiene una pequeña rueda al final que va revolviendo la parva. La primera vuelta es el comienzo de un nuevo ritual y el honor le corresponde al mayor de la casa, o sea, a mi tío Juanito. Mi tío Juanito, consciente de la importancia del momento se sube de pie sobre el trillo y arrea con decisión a las mulas que dan un fuerte tirón hacia delante y las hace girar cuidando que no se salga el trillo de la parva. Cuando se acostumbran a marchar siempre en redondo se serena la marcha y toma un ritmo regular. Cuando ya está suficientemente asentada la mies nos dejan subir al trillo a los chiquillos, pero sentados sobre una silleta baja al lado del que hace de gañán. A mi primo Pedro le dejan ya arrear solo porque es mayor y ha trillado el año anterior. Pero pesamos tan poco que no nos dejan mucho rato. Yo, sentado me aburro, así que cojo un palito y lo hundo en la mies para ver el surco que va dejando. Con cierta malicia, mi primo intenta sorprenderme así que arrea las mulas rápidamente y la fuerza centrífuga me hace rodar sobre la paja con silleta y todo, pero no me hago daño porque la paja amortigua el golpe. De vez en cuando a los chicos nos obligan a recoger los cagajones de las mulas en una cesta para que no los arrolle el trillo y se mezclen con el grano. Hay que hacerlo rápido, antes que te atropellen las mulas en su vuelta siguiente. Mientras tanto nos dejan manejar las horcas de madera blanquísima más grandes que nosotros y también con grandes dientes que a mi parecen los dedos de una enorme mano. Con ellas removemos la mies a discreción desde el borde de la parva y a veces nos aventuramos detrás del trillo hacia el centro donde uno puede estar a salvo durante unas cuantas vueltas mientras la yunta gira alrededor. En su conjunto el trillo aparece como una herramienta primitiva pero su eficacia no admite parangón: En pocas horas la parva está lisa, las cañas se han reducido a paja entre la que se adivina el grano que salta por la popa formando una pequeña estela.
Cuando está lista se amontona y se barre la era de nuevo. Mi tío Juan Manuel tira al aire un puñado de paja con su grano para saber la dirección del viento. Enseguida empezamos a tirar paladas de mies al aire, la paja se la lleva la brisa y va cubriendo la parte de la era hacia donde sopla de un polvo fino como nieve. Cuando ya no se ve el suelo, a una distancia prudencial colocan un buen rollizo de pino que detiene el vuelo de la paja para que forme un montón más concreto. La faena, facilitada por las brisas vespertinas, dura algunas horas hasta que al final quedan dos montones, uno pequeño de granos dorados y algo morenos y otro grande y blanco un poco más allá. Al anochecer, después de cenar mis tíos y yo nos aprestamos a dormir en la era al lado del trigo, más por tradición que por miedo a los ladrones. Acostado en un jergón miro las estrellas que tapizan todo el cielo antes de dormirme y a la mañana siguiente me despierto en la cama un poco irritado por que no me dejaron acabar la experiencia de dormir al raso. A la tarde cuando se separan las granzas del trigo empieza otro ritual nuevo: la cuantificación de la cosecha. Bajamos mi primo y yo la media fanega de la cámara y con las palas la llenan una y otra vez, yo soy el encargado de enrasar con un palo que paso por los bordes y de contar con cuidado cuantas veces se vierte en los sacos que luego se vacían en la troje. El resultado es siempre satisfactorio por escasa que sea la relación entre lo sembrado y lo recogido: la tierra es siempre generosa con el esfuerzo.


La vendimia

Un día mi abuela emprendió una tarea extraña: con una cerilla y una piedra amarilla se metió en la tinaja del vino que estaba volcada sobre el suelo de la bodega. Encendió la piedra y la dejó arder dentro durante mucho rato. La tinaja se llenó de humo acre y también parte de la bodega, así que ni me dejó entrar en la tinaja como yo quería ni estar más en la bodega. No es que me pareciera arte de brujería porque yo lo preguntaba todo así que supe que aquello era un ritual imprescindible para la elaboración del vino, ya que se acercaba la vendimia.
Esta consistió en bajar a recoger las uvas de las parras que crecían dispersas por las hormas de los bancales donde se sembraba trigo, centeno o pimientos y tomates. Recogidas las uvas en espuertas de esparto y cestas de mimbre, mi tíos las echaron en la artesa de amasar el pan. Se quitaron las abarcas, se lavaron cuidadosamente los pies y empezaron a pisar la uva. Naturalmente yo también me metí en la artesa pero mi poco peso ni siquiera hacer reventar los granos y además los raspajos de los racimos me hacían cosquillas en la planta de los pies. Después de un buen rato el zumo negro y espumoso rebosaba por los bordes de la artesa. Mi abuela lo recogía con un jarro de hojalata y me dio a beber un mosto dulce y espeso. Colaron el mosto y lo depositaron en la tinaja y ya no supe nunca nada más de él. Sólo que el mosto ya a medio fermentar me hizo sentir una extraña agradable sensación de felicidad que causó la hilaridad y el regocijo de mis tíos y de mi abuela. Cerca de las viñas crecían melocotoneros, ciruelos y otros árboles frutales siempre dispersos entre los bancales de olivos. Recogimos los melocotones y los albaricoques y los extendimos en zarzos de caña. Allí estuvieron secándose al sol por varios días hasta arrugarse y alcanzar el sabor agridulce más placentero que se puede obtener de la tierra que uno ha cultivado con sus propias manos.